René Houseman | Vení a verlo al pibe René

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Por Carlos Aira (*)

Falleció René Orlando Houseman. El Loco Houseman. Su gambeta imprevisible, propia de un muchacho que parecía no tener articulaciones en sus tobillos. El Loco Houseman. El villero orgulloso. El hijo dilecto del viejo Bajo Belgrano. El crack que vivió como quiso, no como quisieron que viva. Por eso no son válidos los reproches.

Había nacido en La Banda, Santiago del Estero, pero la Argentina posterior a septiembre de 1955 obligó la mudanza porteña. La villa de la calle Pampa junto al golf municipal fue su hogar. Su vida no fue sencilla. Su padre contrajo la polio y abrazó la bebida. René laburó de sodero, verdulero y cadete de carnicería. Pero siempre estaban los potreros. Eternos potreros. En 1968 comenzó en las divisiones inferiores del Club Atlético Excursionistas, el club que amó con locura, pero lo dejaron ir: en tiempos donde la táctica derrotaba la magia, lo dejaron ir por su físico magro.

Su vida lo llevó a Defensores de Belgrano. Debutó en la primera del Dragón en 1971. Ese año se fue al descenso, pero René fue figura del equipo que se consagró campeón de Primera C 1972. Su repertorio de hamaques y gambetas motivó que dirigentes y entrenadores de equipos de Primera A peregrinaran hacia las polvorientas canchas de la categoría. Pensaban encontrarse con un gringo grandote llamado Houseman. Se encontraban con un diminuto duende con cuerpo de minimosca. A comienzos de 1973, River Plate e Independiente lo querían, pero fue Huracán – por expreso pedido de César Luis Menotti – quién se llevó a la joya del Bajo Belgrano.

Su aparición en Huracán fue uno de los sucesos más explosivos del fútbol argentino. De la C al estrellato. Figura en aquel Huracán con una delantera de ensueño: René, Miguel Brindisi, Roque Avallay, Carlos Babington y Omar Larrosa. El Ballet del Flaco. En aquel 1973, donde la muchachada de la tribuna golpeaba los bombos de la Tendencia, gritaban aquello de “Vení a verlo al pibe René“.  Huracán se consagró campeón del Metropolitano 1973. El Globo de Newbery daba la vuelta olímpica que se negaba desde 1928.

Historias como gambetas. Huracán quiso sacarlo de la villa. Le alquiló un departamento en Uspallata y Sáenz. Houseman vivió una semana allí. Se fue con una sentencia que sonaba a realidad: “No nací para estar preso“.  Siempre se sintió orgulloso de su origen villero. Cuando cobró su primer dinero importante construyó un hermoso chalet en el Bajo Belgrano. Los dirigentes querían comprarle uno similar en Castelar. Houseman no quiso saber nada. En marzo de 1978, el intendente Osvaldo Cacciatore – el mismo que bombardeó la ciudad en 1955 – llevó adelante la erradicación del barrio. La excusa fue que los turistas europeos no debían ver la miseria cercana al principal estadio mundialista. Las topadoras se llevaron la casa de René como tantas otras. Allí se construyeron horrendos monoblocks asignados a la familia militar. Triste destino de un país donde es plausible desarraigar vidas para fomentar la patria inmobiliaria.

René fue una de las grandes figuras de la Copa del Mundo Alemania Federal 1974. Marcó un golazo impresionante contra Italia. Durante años fue titular indiscutido del equipo nacional. No así en la Copa del Mundo de 1978. Marcó uno de los goles en el famoso 6 a 0 ante Perú y jugó la final ante Holanda, ingresando en el segundo tiempo por Oscar Ortiz. Durante la concentración sumó otra historia a su interminable anecdotario.  Harto de concentración, quiso escaparse de la Fundación Salvatori, pero se avivó que en la guardia había colimbas dispuestos a disparar a lo primero que se moviera. Su venganza llegó en forma de contrabando. Olga, su mujer, le llevaba tortas y facturas escondidas cada vez que lo visitaba. Las mismas se comían a escondidas junto a Daniel Bertoni, su compañero de habitación. Con la Celeste y Blanca jugó 55 partidos, marcando 13 goles.

Figura de Huracán entre 1973 y 1980. Su carrera se fue desdibujando por sus propios excesos. Siguió su carrera en River, donde jugó un puñado de partidos del Metropolitano 1981. Siguió en Chile, regresó a Huracán en 1983. Le pidió una mano al Pato Pastoriza en 1984. Lo contrató Independiente. Jugó algunos partidos de aquella Copa Libertadores que terminó ganando el equipo de Avellaneda. Quedó para el recuerdo su primer partido con el Rojo. Estaba en el banco de suplentes hasta que la hinchada coreó: “Oh lele oh lala ponelo un rato al loco / lo quiero ver jugar”. Pero su historia futbolera no daba para más. Luego de viajar por Alemania y una oferta para el fútbol de Islandia, terminó su carrera en Excursionistas. Fueron sólo 26 minutos con la camiseta verde y blanca de sus amores. El 16 de marzo de 1985, cuarta fecha del campeonato de Primera C, en la igualdad 0 a 0 entre Excursionistas y Deportivo Armenio.

René Houseman fue un crack de antología. Dueño de jugadas y goles antológicos. Uno de los siete locos del fútbol argentino. Como Oreste Omar Corbatta o Raúl Emilio Bernal. Cuando el establishment le pide a los futbolistas que sean un engranaje dócil del mundo del entretenimiento y el espectáculo, Houseman se negó. Fue lo que quiso ser y alzó las banderas que quiso.

Había nacido el 19 de julio de 1953; nos dejó hoy, con 65 años. Con él, la alegría en el rostro de quienes lo vieron jugar. Como gritaba alegre la hinchada del Globo: “Vení a verlo al pibe René“.

(*) Director de xenen.com.ar / Conductor de Abrí la Cancha / La Señal Fútbol

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