“A la muerte hay que matarla…”

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Por Carlos Aira (info@xenen.com.ar)

 

Aquel viernes 9 de enero de 1981 una noticia conmocionó al fútbol argentino. Hugo Osvaldo Pena, defensor central y figura de San Lorenzo de Almagro, había muerto electrocutado en un increíble accidente doméstico. El jugador, que había sido recientemente operado por una lesión en el tobillo derecho, estaba en su casa viendo televisión. Tenía su pie dentro de una palangana con agua y sal. Su hija de tres años le pidió cambiar de canal. Pena, sin darse cuenta del error fatal que estaba cometiendo, accionó manualmente el televisor recibiendo una fuerte descarga eléctrica. Falleció minutos más tarde. Tenía sólo 29 años.

Pena no sólo era reconocido por su capacidad profesional (había sido jugador de Argentinos Juniors, campeón con River Plate y figura en Chacarita Juniors y San Lorenzo), sino – sobre todo – por su notable condición de gran persona. El mundo del fútbol no dio crédito de una tragedia tan absurda. Dentro del desconsuelo general, Osvaldo Ardizzone, en las páginas de la revista Goles Match, sintetizó un título para la historia: “A la muerte hay que matarla“.

Pena había nacido el 28 de noviembre de 1951 en Capital Federal.

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